jueves, 16 de febrero de 2012

Libertad encadenada


Levántate y grita.
Grita por la libertad perdida, por la muerte intelectual acuciante.
Grita por la hegemonía ideológica imperante.
Llora por la falsa tolerancia; falsa empatía; falsa comprensión; falsa verdad. Falsedad.
Reivindica la sinceridad social y condena las mentiras piadosas. ¿Piedad? La piedad no existe, ni la clemencia: son productos de la credulidad inocente.
Inocencia, crece. Madura. Ya no eres; ya no estás. Te han arrebatado la esencia.
Desgarra tu garganta por la infancia moribunda; recuerda con iracunda ilusión una sonrisa tierna, una risa cantarina y una pregunta espontánea e ingenua. Ese espejismo es fruto de una realidad irreal, acabada. Esa sonrisa y esa pregunta tonta no volverán.
Tonto, despierta y vuelve a gritar. Abre los ojos y desgañítate por la decadencia de un pasado culturalmente glorioso y la llegada de un futuro plagado de cerebros podridos y sueños rotos.
Grita. Grita si quieres, pensando que habrá alguien escuchando. No eres el primero que lo intenta ni, desde luego, el último; pero grita. Grita, porque si no lo haces, el silencio nos consumirá y, a la hora de la verdad, además de imbéciles estaremos mudos.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Delirios de una noche de verano


Palabras. Palabras y recuerdos que vuelven una y otra vez.
Pesadilla recurrente de frenesí ambicioso.
Ambición avariciosa ante la lejanía de una meta autoimpuesta.
El fin justifica los medios.
Depositar la suela del calzado en el cráneo perdedor para vanagloria apoteósica personal y reír.
Reír hasta llorar. Llorar. Derramar lágrimas dulces hasta que la acidez del sudor salpique el pensamiento.
Pensamiento esforzado en recordar y recuerdos obsesionados con la placidez del olvido.
Olvido. La ausencia de un pasado hiriente, plagado de abrojos neuronales; cerbatanas de dardos envenenados con palabras agrias. El mismo olvido por el que suplicaba Julieta al desear borrar Montesco del nombre de su capricho hormonal de verano.
Olvido que termina por tornar en una soledad despectiva ante una vasta multitud de frivolidades.
Olvido que termina por volver a recordar. Otra vez.
Pesadilla recurrente.

jueves, 3 de marzo de 2011

Érase una vez un nombre


Érase una vez una joven llamada María a la que no le agradaba su nombre porque creía que era demasiado común y le venía pequeño.
Ella creía que con ese nombre, tan poco original, en un futuro nadie la recordaría, así que quiso modificarlo, alterarlo.
Se decidió por Ría, ya que Mari le parecía estéticamente imperfecto.
Sus apellidos tampoco le gustaban: Calvo y González. Uno era objeto de burlas y el otro el segundo apellido más común de su país. Pero resultaba que aquella joven conocía a una mujer que, sin un solo recurso, consiguió sacarse a sí misma y a sus hijos adelante; consiguió salir de un pueblo e integrarse en una gran ciudad, sin olvidar en ningún momento sus raíces. Esa mujer aguantó golpes que venían sin dejarla apenas respirar, pero superó las adversidades y se convirtió en una de esas mujeres a las que nadie olvida, tan importante que tienen asegurado siempre un sitio en el corazón.
Esa mujer se llamaba Filomena Maisanaba Lana. Esa mujer era su abuela. Y por eso y todo lo anterior decidió tomar su apellido como segundo nombre en el pseudómino.

Fdo: Ría Maisanaba

viernes, 24 de diciembre de 2010

Sueña


Tenía siete años y contemplaba el ir y venir de la sociedad con la perspectiva que sólo reside en la inocencia infantil.
Creía en Papá Noel, el Ratoncito Pérez y - ¿por qué no?- también en las hadas y los dragones. Tenía muy claro que algún día viviría en uno de esos grandes y lujosos castillos, con una de esas altas e imponentes torres, custodiada por uno de esos malvados dragones escupefuego. Sabía que uno de esos jóvenes y apuestos príncipes – con un intelecto digno de mención, aunque aparentemente cuestionable- iría en su busca, absolutamente enamorado de ella – aun sin haberla visto antes-, para rescatarla, y ambos partirían hacia ricas tierras lejanas montados en uno de esos blancos corceles - sin siquiera algo de agua en las alforjas-.
También pensaba que en Navidad un espíritu invisible eliminaba los rencores existentes antes de la época entre la familia; que se sentaban a la mesa y que las sonrisas no eran falsas, sino sinceras- a pesar de que habían abjurado unos de los otros en marzo, julio, o noviembre-. Daba por sentado, a su vez, que aquello que se palpaba en el ambiente era el halo de la más absoluta felicidad – y no de las tensiones subyacentes.
-¿Quieres que te lea el futuro?- preguntó un compañero de su clase.
-¡Claro!- contestó, ilusionada. Por fin iba a confirmar sus sueños. Un palacio, una torre, un dragón y un príncipe encantador. Sabía que lo lograría.
-Pues enséñame la palma de la mano- cuando ella lo hizo, el muchacho continuó-. Veo una casa grande -¡Una casa grande! Sus sueños se empezaban a cumplir -, y también… también veo una piscina-¿Una piscina? Bueno, bien podía ser un lago. Mejor, así su príncipe tendría un monstruo más al que vencer-. ¿Quieres verla?
Ella asintió. ¿Qué extraña magia poseería aquel chiquillo?
Entonces el niño escupió en la palma abierta de la niña alejándose corriendo y riendo con los demás.

viernes, 6 de agosto de 2010

Le dijo el lobo al hombre





-¿Por qué ese silencio? ¿Por qué esa solemnidad a la hora de arrebatar la vida?-preguntó el hombre al lobo.
-¿Y por qué gritar tanto cuando puedes hacer uso de la discreción?- preguntó a su vez el lobo, a modo de respuesta.
El hombre calló, pensativo ante aquel dilema. Finalmente habló.
-Porque queremos pensar que somos más fuertes que el enemigo. Y necesitamos una respuesta. Un gemido, un sollozo, otro grito. Un insulto. Lo que sea, con tal de saber que piensan que podemos hacerles frente con creces.
>>En cambio, tú aúllas a la luna. ¿Te ha contestado alguna vez, lico? - añadió, con una sonrisa burlona.
El lobo se irguió, enseñando los dientes. Amenazador.
-Yo amo a la luna.
-¿Y por qué amar a alguien que jamás te corresponderá?- preguntó el hombre.
Ahora fue el lobo quien rio.
-Porque la búsqueda de afecto y la lucha por amor son la razón de la existencia del alma mortal.

Insultos

-Maldita hija de puta...-siseó él, furioso.
Ella, inalterable, contestó con su calma habitual.
-De hecho,no lo soy. Sé muy bien lo que fue e hizo mi progenitora y, por tanto, lo que yo misma soy, a diferencia de ti, por lo que acabo de comprobar. Y a pesar de tu evidente ignorancia, te has atrevido a proferir insulto semejante a mi persona, arriesgándote a mermar su efecto- hizo una pausa para retirar unas migas de la mesa-, consiguiéndolo,desde luego. No esperarás, por tanto, que halle dolor o molestia alguna en tus blasfemias conociendo la falsedad que hay en ellas y lo poco fieles que son a la realidad.
Y dicho esto, se levantó y, recogiendo su sombrero, se marchó, dejándolo a él atónito, sin dar crédito aún a la escena ocurrida.

domingo, 27 de junio de 2010

La presa


Nada más poner un pie en el andén, me veo sumergida en una marea de gente que me arrastra hacia la salida.
Una vez fuera, contemplo a la exhuberante cantidad de gente propulsarse fuera de la boca del Metro, asimilando a una vomitoria de un antiguo anfiteatro romano.
Independiente ya de aquel conjunto, comienzo a caminar.
Tengo que llegar.
Paso al lado de un ángel caído de tez grisácea y alas muertas. Saludo, pero él me ignora, está clamando furioso al cielo mientras intenta mantener la dignidad cuando de algún punto cercano a sus extremidades comienza a salir agua.
Continúo mi camino. Durante mi paseo percibo a gente que ansía colorear las rosas cmo si se tratasen de los naipes jardineros del País de las Maravillas. No entienden que han perdido su brillo, no pueden devolvérselo.
No lo entienden.
Unas rosas vivas. Otras muertas. Rojas, blancas, rosas. Negras. Son las consecuencias de lo intocable.
Salgo de aquel laberinto.
Porque tengo que llegar.
Dejo de caminar, y comienzo a correr. Esquivo cada obstáculo que se interpone en mi camino, cada persona que habla, interrumpiendo mis pensamientos, es callada por un sentimiento aún mayor.
Urgencia.
La necesidad de una nueva presa me seca la garganta, me enfría el sudor, agiliza mis pies. Hace que me mueva más y más rápido.
Me introduzco en el verdor, nadie reparará en mi presencia aquí.
Deslizándome entre las sombras del baile de fuego y lazos, beso a una sirena y me zambullo en un estanque de carpas y recuerdos.
Porque lo he visto. He visto a mi presa.
Y tengo que llegar. Cuanto antes mejor.
Descansa tranquila, mi presa. Reposa su cuerpo en un banco de madera más que podrida.
Soy invisible. Hay demasiada gente, demasiados pensamientos. Por ello, nadie repara en mí. Sigilosa, me acerco a mi presa. El mundo permanece impasible.
Me abalanzo sobre mi presa, atrapándola entre mis manos.
Entonces corro.
Sin parar. Sin mirar atrás.
Y cuando me cercioro de que nadie ha contemplado mi cacería, sólo entonces, me permito deleitarme con mi reciente adquisición.
Deslizo mis dedos por su lomo. Cierro los ojos y noto el relieve de sus letras doradas. Maravillada, paso las páginas. Una tras otra. Hasta que no quedan más páginas por leer.
Oculta tras las ramas del sauce que se apiada de mi soledad, sonrío.
Porque no estoy sola. Los tengo a ellos.
Devoralibros, me llaman.