
Amanece y el mundo despierta.
En su cama, una niña bosteza mientras abraza a un mullido oso de peluche.
Un hombre bebe en una taza un café cargado mientras lee el periódico e intenta ignorar los ladridos estridentes de su perro.
Fuera, ajeno a todo, un joven camina. No tiene rumbo, sólo avanza.
Tiene un objetivo, un sueño que ansía cumplir.
Y no piensa vivir si no lo consigue. Él...
Quiere volar.
Se oye un graznido. Y otro. Y decenas más.
Y aparece un cuervo. Y otro. Y decenas más.
Comienzan a trazar círculos alrededor del joven. Su cabello de plata baila al son de la canción del batir de cientos de alas.
Cierras los ojos, alza la cabeza. Y sonríe.
Parece feliz.
Y entonces el baile cesa.
Y los cuervos comienzan a alejarse, con su hipnótico vuelo.
El joven abre los ojos. Y grita.
Grita hasta desgañitarse, hasta que su voz se quiebra en un sollozo.
Lágrimas rojas ruedan por sus mejillas.
Suplica su regreso. Suplica que le muestren el secreto de sus alas. Suplica que le dejen ser como ellos.
La fuerza cede y cae de rodillas.
Aquélla había sido su última oportunidad.
Sacó un viejo revólver del bolsillo interior de su gabardina...
Y como no quería vivir si no cumplía su sueño... no vivió.
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